La Odisea y el Malentendido

Una historia real del juego de las impresiones que hace posible la socialización en el trabajo. 

Esto es una historia real y no le sucedió al amigo de un amigo. A todos nos ha ocurrido cuando iniciamos la vida laboral, ese día que aún vemos lejano desde el agite universitario. Cuando  llega, implica el reto no sólo de demostrar la suficiencia conceptual adquirida en cinco años en un campo específico sino también la suficiencia en las interacciones que se sostenga con nuevos sujetos.

El 24 de noviembre será el día en que me reciba como antropóloga, pero mientras espero el día, he tenido dos experiencias laborales. La primera de ellas, de la que poco hablare, fue como asistente de producción en una agencia de publicidad. Experiencia divertida, pero muy exigente; podría decir que me sentía como el personaje de Anne Hathaway en la película The Devil Wears Prada (El Diablo Viste a la Moda)  pero como no fue una película, tiré la toalla y por un día creí que volvería a engrosar las filas del desempleo. Pero, un golpe de suerte trajo a mi celular la voz de una compañera de la universidad, quien me ofreció una oportunidad laboral que implicaba viajes y sin pensarlo dos veces, atendí su llamada. Llegue al hotel Tequendama a su encuentro, lugar de la planeación metodológica del evento en el cual participaría como relatora.

Con un simple: “si, de una” termine emprendiendo no sólo un viaje laboral a diferentes ciudades del país sino también un viaje entre las interacciones sociales: las significaciones del lenguaje verbal y no verbal del día a día, los errores que se convierten en lecciones y las amistades que puedes hacer o perder, todo el juego de impresiones al que nos sometemos en la interacción con otros, toda esa puesta en escena de la socialización en el trabajo.  Aquí les contare un breve relato de las interacciones que tímidamente realicé, de las vicisitudes que compartí.

***

Dicen que la primera impresión siempre es la que cuenta, pues en ella se inscribe el hecho de “generar una buena impresión” un evento tan común en nuestra interacción a diferentes niveles y espacios. Todos hemos sido presas de esa dinámica, pero cobra relevancia en la medida en que marca la dinámica de interacción que sostendremos en el tiempo que frecuentemos el espacio, para el caso: el laboral. El cual inscribe, necesariamente interactuar con los sujetos sobre la impresión que causemos sobre ellos como configuraciones simbólicas que se convierten en una experiencia que dan sentido a las interacciones.

La impresión sobre un sujeto, es la representación significante que construimos sobre él y sobre ella damos un concepto que no escapa de las presiones de “lo correcto,” la cual mide su expresión corporal, sus gestos, su habla  que dará crédito a su interacción con otros (Cf. Goffman, 1989: 223,224).  Esta representación, la construimos con base en las interacciones que sostenemos con el sujeto, y para ello se necesita de un escenario particular en donde los actores encarnen su rol e inscriban el juego de las impresiones (Goffman, 1989), tejiendo las interacciones significativas que generan la cohesión y el conflicto en un grupo social.

Mi trabajo tenía muchos escenarios para construir una impresión: el aeropuerto, el salón de conferencias . . . pero ningún otro como la mesa, no sólo porque disfrutáramos del buen comer (tema recurrente en los espacios de descanso), sino porque en el vaivén de los platos y cubiertos, de las charlas sobre temas intrascendentes, se inscribe un flujo de símbolos que habla de cada personaje sentado en ella. El cuerpo, la voz, las palabras dibujan una impresión sobre la persona y por lo tanto, una forma de interactuar con ella (sin que suene conductista o determinista).

¿Pero qué pasa con el que se aleja? Pues bien, la mesa estaba lista al calor de la vereda La Rochela, en Caldas. Un calor tremendo, una piscina que provocaba y frente a mí una sopa que superaba todo nivel de calor. Con unas gafas oscuras y un saco ligero me senté en una mesa aparte del equipo de trabajo. No por grosera, sino por tímida. Y no es lo mismo tener un compañero de la universidad de amigo que de jefe. Claramente, fui el bicho raro del equipo. Tanto así, que clasifiqué en un ranking de “la gente más frita.” Y a la pregunta ¿por qué te sientas sola?, la respuesta fue “En su mesa no había lugar, no quería molestarlos,” oración que inscribió una primera impresión, que se denomina en adjetivos como frita, rara y otros que no conocí.

Pero el aislamiento implica la participación pasiva de un sujeto en las interacciones, que se asume como un rol de carácter voluntario el cual se hace significativo para el sujeto que lo encarna en diferentes términos. Pero también para el grupo de sujetos con el cual interactúa, pues genera en su dinámica la pregunta por la ausencia. ¿Por qué no se sienta aquí? ¿Dónde está? . . . y se configura como el primer hecho que convoca una experiencia compartida: el por qué de la ausencia de alguien. Dicha experiencia empieza a generar lazos de interacción, con otro tipo de temas y situaciones que van generando acciones que se convierten significativas y dan sentido a la charla en el almuerzo, a compartir el tinto, etc.

La odisea de viaje: la cohesión del equipo

El equipo empezaba a articularse bien. Se abordan diferentes temas, diferentes perspectivas, incluso diferentes expresiones verbales y corporales, que convocan una cohesión en la interacción que producen las experiencias que comparten o, mejor dicho, el tránsito entre compañeros y amigos. En eso llegó, el viaje de Bucaramanga.

De Bogotá a Bucaramanga en transporte terrestre son ocho horas mientras que en avión es media hora. Sin embargo, nos demoramos un día y medio en llegar en transporte aéreo. Esto no tendría relevancia alguna sino hubiera sido el evento propicio para fortalecer los lazos de un equipo de trabajo. Pues inscribimos una experiencia en común donde cada actuación permitió de-construir o reforzar la “primera impresión”.

Con un largo tiempo de retraso, abordamos. Tras unos pocos minutos en el aire, el piloto comunicó que el aeropuerto de Lebrija estaba cerrado por nubosidad. El piloto dijo que el vuelo tomaría cuarenta y cinco minutos, con la esperanza de que el aeropuerto estuviese abierto para entonces. Pasado el tiempo de viaje, más otros quince minutos de sobrevuelo, el piloto anunció que regresaríamos a Bogotá.  Al arribo en Bogotá, en la sala de espera, todos los pasajeros se volcaron al counter para esperar las medidas que la aerolínea tomaría, entre ellas, brindar hospedaje a las personas que no residieran en Bogotá.

Creíamos que sería una asignación rápida, pero no lo fue. En ese lapso de tiempo, hasta la una de la mañana, empezamos a compartir impresiones sobre la situación  y una foto con las rojas cobijas de la aerolínea, como prueba de nuestra odisea.  Nos subieron a un transporte que nos llevaría rumbo al hotel. Cruzamos los hoteles habituales de nombres internacionales y se fue adentrando en un barrio. Así llegamos al Hotel F, un hotel algo desgastado por el tiempo que antes no era exactamente un hotel.

 Al llegar allí,  hasta las tres de la mañana, nos otorgaron una habitación que compartí con dos compañeras. A las 6am despertamos para salir al aeropuerto. A nuestra llegada, empezaron las historias de los huevos verdes del desayuno, las cucarachas que velaban nuestro sueño y la decoración del espejo con una figura femenina que simulaba la Venus de Botticelli. Toda una serie de sucesos hicieron más agradable nuestra estancia, y nos dieron algo que narrarle al resto del equipo.

La experiencia compartida, en el Hotel F fue el hito que dibujó un mapa de impresiones (Goffman, 1989) de los sujetos que compartieron la experiencia. A partir de sus reacciones bajo la forma en la que enfrentaron la situación, que permitió considerar una forma de interacción particular,  se inscribieron significaciones y símbolos, que de manera verbal configuran las interacciones en el equipo, para navegar en ellas. Así pues, las risas y los comentarios dieron pie a la conformación de una cohesión, que puso en escena la impresión que cada uno configuró de los sujetos con los cuales compartió la experiencia.

Entre la narrativa de las vicisitudes del Hotel F, una vez más, abordamos el avión que nos llevaría a la esquiva Bucaramanga. Tras un viaje tranquilo y media hora sobrevolando el aeropuerto de Lebrija, el piloto anunció que aterrizaríamos y los pasajeros aplaudieron muy emocionados.  Así pues, mi día laboral en Bucaramanga empezó a la 1pm con un apresurado almuerzo que compartí con Adi, quien me preguntó  si había sido cierto que nos habíamos quedado en un motel. Solo atiné a sonreír y pensar,”que rápido vuela la información.”  Luego, le comente toda la travesía.

El malentendido.

Con el inminente regreso a Bogotá, y con la historia del Hotel F aún en el aire, empezaron las inquietudes de algunos miembros del equipo por cambiar el horario de su vuelo. Se inscribió la primera lección de mi vida laboral, ¡quedarse callado! Una mujer joven del equipo, vivía sumamente inquieta por el horario de los vuelos. Ella insistía en la necesidad de cambiarlos, así fuera difícil en ocasiones. Así pues, me dirigí a la mujer diciéndole que era oportuno que los cambios fueron anunciados a todo el grupo[1]. Ella no me entendió, yo no me dí a entender. Ella me alzó la voz; yo también la alzé. Me contestó mal; yo le respondí. Ella puso su mano cerca de mi cara y dijó (a lo novela venezolana) “ahora no quiero hablar porque estoy muy molesta.” Aunque no hubo heridos, allí se puso en escena el primer y único conflicto que el equipo sufrió en un mes de viajes.

La joven parecía ser un mar de dulzura, por su voz suave y pequeña contextura. Al salir molesta del salón, mi jefe salió tras ella y se transformó en un monstruo de tres cabezas (como todos los humanos cuando nos molestamos por algo, en especial, cuando es un malentendido), gritándole a la jefe del equipo y haciendo eco en el salón donde se trabaja juiciosamente. Mi jefe, entró nuevamente al salón, molesta y achantada; no pude evitar sentirme culpable.

Aquí fue, entonces, cuando metí la pata[2], ya que  a partir de un código lingüístico no configurado, que en la comunicación no expresó claramente el mensaje, se comprometió la imagen del equipo frente al auditorio (otros equipos con los cuales trabajábamos). Pero ¿qué quería decir ésto? Si bien es un juego de impresiones, estas no sólo se construyen a partir de la interacción, sino también, sobre lo que se dice sobre esa interacción. Por ejemplo, al hablar del funesto evento del grito, muchos sujetos convocaban historias alrededor de él y evaluaban la actuación que la joven mujer había tenido frente al jefe del equipo, y viceversa, especialmente sobre el elemento detonante del gran show que la joven protagonizó.

El “chisme” nutre la representación que creamos sobre los sujetos, remitiéndonos a narrativas que dibujan impresiones para otros. Ya que esta situación revela la estructura de interacción entre los grupos, exponiendo sus incompatibilidades frente al auditorio y generando en éste, una impresión negativa anclada a la noción de no funcionalidad. Es decir que, al ver esta situación, el auditorio genera una impresión del grupo negativa al tener la evidencia de que su “relación” no funciona. Por ello, el grupo debe actuar rápidamente para mantener su representación y evitar la humillación de la cual pueden ser objeto. (Goffman, 1989: 226-227)

Así fue, entonces, como mi jefe aguantó el grito sin decir mucho y salió avante. Dado que la impresión construida sobre ella al manejar el hecho fue de madurez, algo que culturalmente pesa mucho en las interacciones, como una modo de reaccionar correcto, pues actuando rápidamente, mantuvo la impresión apropiada del grupo (Goffman, 1989: 226).

Al final, la joven abordó el vuelo de las dos de la tarde, le envió un e-mail al jefe del equipo disculpándose. Dejó claro que no quería compartir ningún espacio conmigo y, como si fuera poco, me gane el siguiente regaño:

¡Eso de meterse de redentor y salir crucificado es como una herencia de familia!. Pero aprenda que uno debe mantenerse callado, en especial, sino dijo nada trascendente. Los demás se pueden ir al carajo y usted si se quiere quedar, quédese[3]!

En el juego de las impresiones, un conflicto se convierte también en una experiencia compartida para ser narrarada, pero no cohesiona un grupo sino que rompe sus redes de interacción, generando nuevos significados y reorientando las actuaciones de los sujetos frente a ellos (Goffman, 1989) redefiniendo el “status quo” de las interacciones y generando situaciones de sentido en un grupo social, acciones significativas que hacen que los sujetos tomen una posición.

A través de la analogía teatral, que sucita la socialización en el trabajo, se pone en manifiesto la manera en que el lenguaje y la conducta van ligados y son parte clave de la interacción humana, sobre la cual se constituye un papel y un modo propicio de actuar frente a otros. También mantiene las reglas dentro del mapa, y establecen el orden social en el cuáles los individuos estamos inmersos y sobre el cual también tenemos el poder de decisión frente a las situaciones a las que nos enfrentamos.

Las interacciones en el trabajo, como en otro tipo de espacios, son como lo describen Goffman (1993) una puesta en escena en la cual cada sujeto lleva a cabo un rol que repercute en la escritura de una historia, que tiene anécdotas, conflictos y que configura a medida de que estos son significantes, formas de actuación de los sujetos que le dan sentido a la escena en la que están inmersos. Esa escena es el trabajo, donde un equipo comparte experiencias que hace significativas, que le dan sentido a sus prácticas cotidianas, que se expresan a través de las palabras que dan origen a chascarrillos y risas que muestran la cohesión del grupo, más allá de compartir las meras labores. Las interacciones como flujo de símbolos y significados, le dan sentido a aquello que denominamos “compañerismo” o “amistad,” culturalmente cobran importancia en la cotidianidad de los sujetos, gracias al juego que establecemos con los que nos caen bien o nos caen mal, convirtiéndose en significantes en la experiencia laboral.

¡Por eso es importante, hacer amigos en el trabajo!

Referencias.

Goffman, Erving. 1989. El arte de manejar las impresiones En: la presentación de la persona en la vida cotidiana. Amorrortu. Buenos Aires.


[1] El conflicto se desato, si es cuestión de sincerarme, es porque me molestaba un poco que por los horarios del avión, los imprevistos del viaje se convirtieran en un pero para todo. Entonces, cambiar el vuelo e ir al aeropuerto antes de la hora de salida haber si había un vuelo antes. Cuando yo me quería quedar hasta la hora programada de salida en la ciudad. Realmente, no es trascendente pero de ahí surgió el conflicto.

[2] Goffman (1989) situaciones en las que se pueden causar “malas” impresiones como: la metida de pata, donde el actuante compromete la imagen de sí mismo, proyectada por otro equipo” (Goffman,1961: 224)

[3] Autoría de mi madre.

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