Desarrollo ¿o EVOlución?

Publicado en Hoja Blanca | “Humana Especie” | Noviembre 15, 2011

Pasó el huracán de la fragmentación posmodernista y arrasó consigo los dogmas de la modernidad, destruyendo una era infestada de mentiras organizadas e institucionalmente legitimadas. No caímos en la tormenta, pero sí hemos caminado un poco desorientados  – el resquebrajamiento de las “grandes verdades,” y la consecuente ausencia de puntos de referencia universales, nos desorbitó.

Pero esta mirada no es fatalista, es más bien esperanzadora: para encontrarse, hay que primero perderse, y ese ha sido el camino recorrido en las últimas décadas. Nos estamos buscando, individual y colectivamente, como miembros de una sociedad y como miembros de un planeta. Aún así, la hermosa complejidad de la incertidumbre o el vértigo del proceso de reinvención, asusta a una gran mayoría. Esta década podría ser una de las más creativas de la humanidad, una de las más justas, de las más conscientes, de las más participativas . . . pero la existencia de un impedimento estructural nos detiene: el miedo que aferra a algunos individuos a suscribirse a ideologías y modelos de antaño, sin ningún tipo de reflexión histórica que les recuerde las nefastas consecuencias de esos senderos. Muchos siguen habitando una arcaica e inefectiva modernidad mental.

Por eso, en pleno siglo XXI, aún existe un Francisco Santos hablando con folclórica naturalidad fascista, o un Estados Unidos y una Europa que le dan la espalda a la legalización como alternativa a la fallida guerra contra las drogas. Por eso hay miles de colombianos que aún son incapaces de admitir su responsabilidad en el bienestar de su entorno social, o gente que escoge suscribirse a modelos de moralidad binaria que generan actitudes como la homofobia u otro tipo de perezas extremistas -no está de más recordar que dichas posiciones les ahorra la tarea de PENSAR, a través del uso de un sistema de categorización, previamente estipulado por otros, que no es más que una lista de estereotipos. Miedo, miedo a perder el poder que se tiene, a perder las narrativas que definen la identidad propia o la nacional, a perder la comodidad que significa no tener que contribuir en el proceso de creación y definición de un proyecto colectivo. El miedo es el real obstáculo en el desarrollo de nuestra especie.

Paradójicamente, la idea de ese “desarrollo” ha sustentado injusticias sociales y ambientales de todo tipo. El “desarrollo” es hoy un sustantivo glorificado, una meta, un lugar con el que los gobiernos, el sector corporativo y las organizaciones gubernamentales sueñan y/o movilizan sus intereses. Ese concepto justifica cualquier plan de acción, gracias a esa sobrevalorada connotación de “movimiento hacia delante.” Desde ese ángulo, se le da soporte a propuestas de proyectos inauditos como la construcción de un hotel 7 estrellas en el Tayrona, aún por encima de ese bienestar natural, social y cultural que dicho plan afecte.

En nuestro afán por acelerar el proceso de convertir a Colombia en una economía competitiva dentro del mercado global, nos aferramos a una concepción de desarrollo ya vencida y antigua. Ese miedo a estar en desventaja (desventaja dentro de la escala de valores de la modernidad), nos motiva a ver el desarrollo como un concepto de naturaleza concreta, cuantificable y exclusivamente económica, tal y como era concebido a hasta mediados del siglo XX.

Colombia no es el único, ni el peor de los casos. Si algo se ha demostrado en los recientes acontecimientos nacionales, es la cohesión ciudadana que se está generando desde otra escala de valores. También se ha visto algo de espacio y de disposición por parte del presidente, quien aún cuando no tiene una agenda política perfecta, parece tener una capacidad de diálogo superior a la de algunos miembros de su familia o a la de los mandatarios que le precedieron. Así, para evitar generalizaciones, podemos decir que estamos empezando a labrar un camino hacia el consenso de lo que significa el verdadero desarrollo para el país – desarrollo económico, desarrollo social y desarrollo ambiental. . . o, a lo mejor, quizás estamos apenas despertando esta conciencia.

El camino hacia el desarrollo es difícil, precisamente porque ahí no se especifica un destino – ¿desarrollo . . . pero hacia dónde? De todos modos, el mundo se empeña en caminar hacia allá. Hasta la ONU idealiza y objetiviza el desarrollo como un lugar. En su campaña de Objetivos de Desarrollo del Milenio, la organización aspira a “acabar con la pobreza” global en el año 2015. Basándose en ocho puntos críticos, la campaña le exige a las naciones “en vía de desarrollo” que se comprometan a: erradicar la pobreza extrema y el hambre, la educación universal, la igualdad entre los géneros, reducir la mortalidad de los niños, mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA, la sostenibilidad del medio ambiente y fomentar una asociación mundial. De igual forma, les hace un llamado a las naciones “desarrolladas” para que contribuyan en el logro de dichas metas, de manera global.

No cuestiono las intenciones de dicho programa; son perfectamente nobles y loables (al menos en teoría.) No voy a revisar aquí los diferentes intereses políticos que se tejen detrás de la ONU, ni mucho menos intentaré hacer un análisis de su efectividad como ente regulador de la paz mundial. Eso merece un texto aparte. Lo que concierne aquí es cuestionar qué tan viable puede ser un proyecto que, de entrada, tiene como eje el concepto de desarrollo económico para dividir el mundo en dos (los desarrollados y los que no) y que además, responsabiliza a cada nación por problemáticas que son causadas por la interdependencia entre las diferentes naciones. Aún cuando los países industrializados han sido llamadas a participar, las naciones africanas y latinoamericanas se ven en amplia desventaja de recursos para lograr la anhelada meta. Si bien los objetivos implican una mejora de las condiciones de vida básicas de cualquier ser humano, también carecen de un marco que defina ese sitio al cual se nos quiere dirigir. El desarrollo es una casa en el aire, no es un proyecto que realmente sugiera una visión colectiva y concreta del futuro. Dado el abuso que se hace del sustantivo, la noción de “desarrollar” ha perdido su poder como verbo, como camino hacia algo y no como ese algo hacia donde nos dirigimos.

Hace poco descubrí una propuesta mucho más interesante y completa, un movimiento que, si bien se conoce como una visión ambientalista, es realmente una visión muy profunda y concreta de cambio de valores para la humanidad. Se llama “Deep Ecology” (Ecología Profunda), un movimiento que propone un replanteamiento de valores para dirigir el futuro del mundo, uno donde cada ser vivo es respetado por su valor inherente. Esto incluye una descentralización del ser humano dentro del cuadro que hemos construido de la naturaleza, reubicando al hombre en una posición igualitaria en ese conjunto. La propuesta sugiere que los problemas éticos en el manejo de los recursos naturales, sociales y culturales, se debe a la poca valoración del conocimiento tradicional y ancestral de cada cultura, a nuestra obsesión por la tecnología, a los paradigmas económicos y de desarrollo modernos, a nuestra desmesurada fe en la ciencia (occidental), y a la superpoblación mundial.

“Deep Ecology” fue ideado en los setentas por el ambientalista noruego Arne Naess, quien tuvo la oportunidad de ser testigo de diferentes movimientos sociales y políticos del “tercer mundo,” a través de su afición por el montañismo. El movimiento propone ocho principios -no metas ni objetivos- centrales que aspiran a causar impacto en el diseño de políticas y legislaciones ambientales. En esta teoría, el ambiente se entiende no como ese espacio al servicio de una sociedad antropocéntrica, sino como un espacio del cual dependemos, donde somos y existimos, y en el que debemos contribuir. El ambiente no sólo es un concepto biológico para esta corriente – es un concepto que lo abarca todo, desde lo político hasta lo económico y lo social. La meta aquí no es el desarrollo – es la sostenibilidad, la búsqueda del balance esencial para la convivencia de nuestras sociedades y la preservación del planeta.

No es difícil hilar este concepto con la mismísima sabiduría indígena suramericana. Pachamama, que en Aymara significa “Madre del Universo,” es esa diosa que nos alberga, nos protege y nos da la vida. Los humanos deben adorarla, con riegos y respeto. Esta idea dentro de la cosmovisión Inca, todavía permanece viva en las comunidades Aymaras del Perú, Bolivia y el norte de Chile, pero ha sido recientemente occidentalizada a través de la propuesta de la “Ley de Derechos de la Madre Tierra” de cuya autoría es responsable Evo Morales.

Bolivia es quizás un caso único en la política mundial reciente. Más allá de las connotaciones socialistas y de los nexos que se le atribuyen con el gobierno de Hugo Chavez, Evo Morales es un presidente que parece tener una visión clara para el futuro de su país. Morales, un indígena Aymara que creció labrando la tierra como campesino cocalero, subió al poder en el 2006 impulsado por su fuerte activismo social. Fue reelegido en el 2009 y en su gobierno ha hecho numerosos cambios constitucionales, ha oficializado reformas agrarias, nacionalizado industrias e impedido la intervención política estadounidense, hasta el punto de pedir el retiro del embajador de dicha nación en Bolivia por su “conspiración en contra de la integridad nacional.”

Lo interesante del caso de este gobierno es el proceso de reinvención de nación que ha venido haciendo en los últimos años y de la autonomía con la que ha ido marcando su Norte. Discreta pero contundentemente, Evo Morales ha logrado poner en práctica un sincretismo entre la filosofía Aymara y la política democrática occidental. Partiendo desde la identidad nacional boliviana, al menos de la de la gran mayoría que siempre fue excluida, Morales parece abstenerse de implementar modelos exteriores, bien sean neoliberales o socialistas. Su más reciente hazaña pasó algo desapercibida en los medios, pero puede que estemos subestimando la dimensión de su propuesta: la Ley de Derechos de La Madre Tierra, una elaborada ley que parece proponer principios muy parecidos a los del foráneo movimiento “Deep Ecology,” partiendo desde la sabiduría de las raíces más profundas de su propio país.

La ONU condecoró a Morales como “Héroe de la Madre Tierra” en el 2010, destacándolo por su labor incansable por los derechos del planeta en la comunidad internacional. Me pregunto ¿cuál habría sido el desenlace si esa ley hubiera sido propuesta por el presidente noruego o alemán (bajo los principios del “Deep Ecology”) y no por el presidente indígena de una nación tercermundista eminentemente agrícola, indígena y remota? El sueño de Morales es lograr que esta legislación sea aceptada a nivel global, redefiniendo la relación que tenemos los hombres con la naturaleza y, por ende, la relación que tenemos entre nosotros mismos como especie natural y actores sociales. Esta ley no sólo tiene implicaciones ambientales –también tiende implicaciones económicas, políticas y sociales. Esta ley es el bosquejo de una nueva definición para el curso de nuestro futuro como especie y como planeta.

Independientemente de la opinión que se tenga sobre el desempeño político de Evo Morales, algo sí queda claro: hasta ahora él ha sido el único presidente que ha institucionalizado una propuesta que define la palabra “desarrollo” de una manera balanceada, a través del decidido rescate de una visión ancestral. Esta visión podría ser adaptada de acuerdo al contexto de cada país, y sugeriría un Norte común para la comunidad global. Morales no sólo está jugando a legislar para Bolivia, sino también a dibujar el futuro para la nave Tierra y sus tripulantes.

Quizás el desarrollo no es siempre un movimiento hacia delante . . .

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