Ciudad de Dios como Bogotá sin mugre

La marginalidad de quien la necesita y de quien la vive.

Por Margarita González Rangel 

La vida de Fernando Meirelles y de Andrés Góngora, al parecer, no tienen nada en común.  El primero hace cine y el segundo, aunque tenga la pinta (de director de cine) es antropólogo. Ambos tienen dos formas diferentes de ver la vida, ya que el primero lo hace a través de una cámara y el segundo lo hace a través de la producción académica.

La relación entre cine y antropología nunca ha sido antagónica, pero de alguna manera siempre está abierta a las críticas. Algunos antropólogos ven en el cine una expresión de arte, mas no un medio reflexivo de la realidad debido a la industria en la que se produce. Mientras, para otros, el cine y la antropología hacen buena pareja, pues sus miradas se complementan a través de la apreciación y la puesta en escena de lo cotidiano. Por ello, muchos antropólogos son cineastas y muchos cineastas son antropólogos.

Aunque Meirelles y Góngora no emigraron de la antropología al cine o del cine a la antropología, dos de sus producciones tienen mucho en común: la película: Ciudad de Dios y el texto: Por una Bogotá sin mugre: violencia, vida y muerte en la cloaca urbana[1] en las que, bajo su propio lenguaje, se cuestionan sobre la noción de marginalidad. Pero, ¿qué es la marginalidad?

En las telenovelas venezolanas de la década de 1980, la antagonista adinerada utilizaba el apelativo de “marginal” para referirse a la dulce protagonista, dueña del corazón del galán, para reafirmar el prejuicio de una condición: la pobreza o a las representaciones de la falta de educación y refinamiento de la clase alta de dicha antagonista. En la vida real no dista mucho que “marginal” sea una distinción de clase, que se materializa en los cerros que rodean las principales urbes latinoamericanas.

Meirelles y Góngora, a través de la construcción narrativa de personajes como Buscapé y don Pedro, se adentran al corazón de la marginalidad que plasman en sus palabras, en sus emociones, esos espacios citadinos en donde la pobreza es imaginada como nicho de la ilegalidad, en donde a través de la violencia operan las tramas de poder. Más allá de las secuencias y narraciones, la reflexión sobre la marginalidad apunta a develar los puntos de encuentro entre quienes la necesitan y quienes viven en ella.

Tanto Ciudad de Dios como Bogotá sin mugre, evidencian como la violencia se convierte en una herramienta de regulación de un grupo social, adquiriendo sentido en el día a día de las representaciones que se construyen desde el Estado hacia la marginalidad como de la marginalidad hacia el Estado, que al final es la tensión entre lo “legal” y “lo ilegal”  que se expresan a través del lenguaje del tiro o el garrote.

El grupo social del cual hablamos es aquel que sufre las consecuencias de la pobreza extrema, por la deficiente redistribución económica o por las dinámicas de desplazamiento del conflicto armado, haciéndolos sujetos de las políticas de estado y cooperación internacional, pero también sujetos de estigmatización.

Como lo dice Góngora, “la marginalidad para el Estado, es un espacio de ‘desorden’ y de ‘libertinaje‘”, por ende, es el espacio vital de la “ilegalidad”[2]. Así pues, la pobreza es el caldo de cultivo para el “descontrol” de la población, en especial, si en ella se acentúa el narcotráfico, que debe frenarse, no sólo porque el Estado pierde su principio “incuestionable” del monopolio de la violencia sino desde la característica moral de la regulación sobre lo que es aceptado y lo que no, en una sociedad.

Con este antecedente el Estado dibuja la potencia peligrosa, pues en la marginalidad puede generarse aquello que le reste poder o que pueda atentar contra él. Por ello, surge la intención o la necesidad de intervenirla como espacio. Pero ¿cómo se interviene este espacio? La forma políticamente correcta es a través de acciones humanitarias de creación de microempresas, de alejar a los jóvenes del consumo y micro tráfico de drogas, pero también de políticas de seguridad, que buscan en medio de ese espacio de “desorden” traer la presencia de la autoridad: la policía, quien sembrará la convivencia.

Si bien, lo paradójico del asunto es la necesidad de existencia de la marginalidad para que el Estado pueda definirse y orientar sus lógicas de funcionamiento: todas estas estrategias para combatir la pobreza extrema, recuperar el monopolio de la violencia y con ello el control sobre todos los aspectos de la vida social. La intervención del espacio se hace a partir de la contención,  es decir, controlar el territorio considerado como “marginal” a través del uso de la violencia, manteniendo a las personas en un espacio determinado, potencializando su exclusión para luego hacerlo objeto de programas y políticas que, aunque aluden a lo humanitario, solo refuerzan su concepción marginal[3].

Góngora, en su texto, cita los actos de fuerza protagonizados por la policía, que vivió la población del barrio el cartucho[4] en Bogotá, cuando fue desalojada para llevar a cabo la construcción del parque tercer milenio. Un proyecto ambicioso que pretendía intervenir este espacio “marginal”, con el fin de erradicar el peligro en un sector cercano a la presidencia de la república y sus principales ministerios.

Si bien  el cartucho fue intervenido a través de la construcción de un parque, el incidente dio origen a pequeños bronks en diferentes lugares de la ciudad. Antes de ello, la policía ejercía un fuerte control sobre las fronteras del cartucho para mantener la seguridad de la población. Esto se traducía a operativos en los cuales se controlaba la entrada y salida de los residentes del barrio, claramente, actos de segregación de una población que por ser presa de pobreza y convivir con la ilegalidad, son estigmatizadas y señalas como “riesgosa” para la población “de bien” que paga impuestos.

Meirelles, a través de las escenas de Ciudad de Dios, muestra como la policía se dedica a rodear las fronteras de la “marginalidad” como si con sus motos y automóviles generaran una muralla que aparta una población de la otra. De esta manera, el Estado no interviene en las entrañas de la marginalidad – sólo la rodea, aún cuando sus políticas escritas aludan a una guerra sin cuartel contra aquello.

Es así como a través del soborno se genera una contención a la contención, es decir: un mecanismo de control por parte de la ilegalidad sobre esa latente intromisión de lo “legal”, que busca reafirmar sus propias reglas en un espacio en el que la autoridad la soportan jefes de pandillas, jefes de micro tráfico de armas y narcóticos que, bajo el cobijo de la marginalidad, controlan a la población a través de la violencia.

Es entonces, donde desde la marginalidad se crea una noción del estado dentro de su espacio. En las dinámicas cotidianas de barrios como el Cartucho o la favela de Ciudad de Dios, se inscribe una ley: la ley de Herodes en la que te ajustas o te jodes, pues si se rompe esta ley, la única condena es la muerte. En Colombia los ejemplos abundan, las pandillas ejecutan a todos aquellos que cuestionen el cobijo de la marginalidad para “el libre desarrollo” de la ilegalidad: líderes comunitarios, maestros, madres de familia, jóvenes artistas, etc. Muchas veces, estos actos son ejecutados con el auspicio de la misma policía, quienes con la dinámica del soborno permiten la intromisión de grupos de limpieza social.

La violencia se vuelve el eje rector de las relaciones sociales no sólo porque se controlan con la penumbra de la muerte, sino porque se convierten en un referente para construir el espacio: caminos para pasar y otros para evitar, un tema en encuentros cotidianos: recordar la memoria de aquel que cayó presa de las balas y “¡tan bueno que era!“, es un referente común para construir un lugar  y vivir dentro de la marginalidad[5].

Vivir, configura una visión del mundo particular, una que cuestiona esa estructura que denomina a una persona como “marginal” ese Estado que en su afán moral de tener una sociedad que responda a la producción económica, a la formación de una familia políticamente correcta, a todos esos espejismos que defienden procuradores, sacerdotes y hasta presidentes, que definen a una persona como “peligrosa” por el simple hecho de convivir con lo ilegal, condenándola al aislamiento o a la muerte.

Tal vez, Góngora ni Meirelles nunca se conozcan, pero podría decir que son el ejemplo del diálogo entre cine y antropología, no sólo por plasmar las versiones de la realidad desde sus actores, sino por poner sobre la mesa cuestionamientos sobre las relaciones humanas, sobre eso que se denomina marginalidad y sobre aquellos que la necesitan y la viven.

@masterenplastil


[2]  Cf. Góngora y Suarez, 2008: 119-122

[3] Cf. Góngora y Suarez, 2008:122-124

[4] Barrio el cartucho  ubicado en la carrera decima con calle sexta en la ciudad e Bogotá,  durante las décadas de 1980 y 1990 se consideró el centro de expendio de drogas más grande la ciudad y foco de la delincuencia común como de tráfico de armas para los grupos armados ilegales. Sin embargo, su historia radica que en la década de 1930, bajo el nombre de Santa Inés, era uno de los barrios más importantes de Bogotá dada su cercanía con la plaza de mercado que impulso el comercio de todo tipo de materiales. Después de abril 9 de 1948, muchos de sus vecinos se desplazaron hacia otras zonas de la ciudad debilitando la fuerza comercial. (Tomado de: Niño Murcia, Carlos. Reina Mendoza, Sandra. La carrera de la modernidad. Construcción de la carrera Décima. Bogotá (1945-1960). Instituto Distrital de Patrimonio Cultural. 2010.)

[5] Cf. Góngora y Suarez; 2008:128; 129; 131.

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