La “vasija vacía”, símbolo de la violencia contra la mujer

Por Mercedes Posada Meola

“Mi abuela ha sido la mujer más inteligente que he conocido: nunca discutió con mi abuelo; vivió siempre preocupada por el hogar. Por las mañanas rezaba el rosario; por las tardes iba a misa y, así, sin hacerse preguntas, tuvo una vida feliz dedicada a su familia”. – R. H., amigo cartagenero.

“Multiplicaré tus trabajos y miserias en tus preñeces; con dolor parirás los hijos, y estarás bajo la potestad o mando de tu marido, y él te dominará”. – Dios, hablándole a Eva en el Génesis 3:16.

“La vida consagrada es un don de dios, una vocación y una tarea. El hecho de que no haya mujeres sacerdotes o que no puedan aspirar a ser papas no es un problema de machismo sino de voluntad divina, cosa que no tiene que ver nada con el rechazo o la discriminación. La raíz última está en la elección de los apóstoles, todos fueron hombres”. – Sacerdote católico.

“Todo pueblo sucumbe por el desorden de las mujeres”. – Rousseau.

Estas frases forman parte del repertorio discursivo que prevalece en la sociedad de nuestros tiempos y que evidencian la cosificación histórica de la mujer: significada y representada como objeto (muchas veces de deseo, causante de guerras y desgracias), y no como sujeto de derecho. Dan cuenta de un orden social en el que de manera estructural el poder ha estado en manos de varones, “los dueños de la vida”, según Filmer -escritor inglés, autor de El Patriarca-, para quien además el hombre es “el agente más noble y fundamental en la generación” y las mujeres son “procreativa y políticamente irrelevantes”. Así como se lee.

¿Pero cómo se configuró este modelo? Difícil de responder, lo cierto es que los mitos construidos y encriptados desde el relato bíblico, aportan pistas importantes para hacer conjeturas. Así, por ejemplo, lo primero que nos enseñan desde el Génesis es que Eva (la mujer) nace de la costilla de Adán (el varón) y después de que los animales poblaran la tierra. El dios del Génesis (un dios en masculino) le entrega a Adán (patriarca de la humanidad)  el derecho político establecido en su derecho como esposo sobre Eva: “dios ordenó a Adán gobernar sobre su esposa y que sus deseos estuvieran sujetos a los de él” (Genésis 3:16) y en adelante comienza una situación de dominación e invisibilización que se perpetúa y se justifica a partir de la predeterminación “divina”, anclada en un orden “natural” varón/amo – mujer/obediente, supuestamente establecido por quien creó el mundo en siete días.

Carole Paterman (1995), reconocida feminista y profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de California, en su texto “El Contrato Sexual”, expone las limitaciones del afamado Contrato Social de Rosseau y Hobbes para explicar el origen de la vida en sociedad y pone de relieve la mirada patriarcal y hegemónica desde la cual fue construido dicho contrato. De acuerdo con la crítica planteada por Paterman, el orden social allí consignado, considera a las mujeres como simples “vasijas vacías” para que el varón ejerza su poder sexual y procreativo. El derecho político original que dios dió a Adán viene siendo entonces el derecho a adueñarse del cuerpo y de llenar esa “vasija”, o el espacio aportado por las mujeres para la continuación de la vida.

Visto así y siguiendo con Paterman, el modelo patriarcal concentra dos aspectos: Por un lado la posibilidad de crear una nueva vida, está en manos del varón (y no de la “vasija vacía”); y por otro, el rechazo a la capacidad para dar vida de las mujeres, anuladas por una tiranía hegemónica que se enquista en los discursos dominantes y en rituales políticos sociales, culturales y hasta estéticos.

Si bien ha habido batallas relativamente bien libradas, como la famosa “libertad, igualdad y fraternidad”, que en apariencia incluía a la mujer como ciudadanas y por tanto como sujeto de derecho, pareciera que a cada conquista femenina le sucediera una trampa. Así, por ejemplo, en 1805 (pocos años después de dicha revolución) lo primero que prohibió el código napoleónico fue el derecho a ir a la escuela para las mujeres; el acceso a las plazas públicas siguió siendo un privilegio de varones y la posibilidad de votar y participar en las decisiones políticas sólo sería alcanzada por las mujeres a principios del siglo XX en algunos estados europeos.

La prolongación de este sistema patriarcal hasta nuestros días puede explicarse de diversas maneras. El relato bíblico, como ya hemos visto, es una pero a esto habría que sumarle el amañado argumento de la fuerza física del hombre sobre la mujer que es posible rastrear en la descripción aristotélica: la mujer tiene menos fuerza, su voz es más débil que la de los hombres, tiene menos altura, y todo esto la pone en una aparente condición de inferioridad natural en virtud de sus características biológicas o, lo que en palabras de Freud vendría siendo, su anatomía (como destino).

Lo físico, dice Paterman que decía Rousseau en el Emilio, lleva a lo moral. Las mujeres, según él, no pueden controlar sus deseos ilimitados por sí mismas, por ello no pueden desarrollar la moralidad que se requiere para la sociedad civil, para mantener el orden, para preservar la armonía y el “buen vivir” bajo las normas (patriarcales) sociales. La familia es su imperio y ella reina mandando a hacer lo que quiere. No obstante, si no quiere hacer lo necesario para mantener el dominio conyugal de su esposo (lo que incluye el acceso sexual a su cuerpo), entonces la sociedad civil está en peligro.

Lo anterior apenas resulta concluyente en el propósito de comprender la relación entre violencia contra la mujer y la perpetuación de un modelo patriarcal sostenido desde lo discursivo, lo político y lo cultural a través de diversas instancias de poder. En la medida en que prevalezca dicho modelo, es sabido, se repetirán prácticas -socialmente justificadas- que cosifican a la mujer y la convierten en objeto y los objetos no tienen voz, por tanto son invisibilizados. La discusión de fondo pasa entonces por la plena garantía de la libertad y la igualdad, por la impostergable obligación de resignificar a la mujer como sujeto en todos los ámbitos de la vida y garantizarle sus derechos. Creo que este es un buen momento para que el mito de la costilla comience a ser reemplazado por una sospecha mucho más verosímil: no fue Eva quién nació de la Costilla de Adán, sino Adán quién nació del vientre de Eva.

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Una respuesta a “La “vasija vacía”, símbolo de la violencia contra la mujer

  1. Las civilizaciones antiguas dan cuenta de un orden social distinto, en la antigua Mesopotamia, en Siria, la diosa tenía un poder, lejano ya para nuestro género, que da cuenta de otras formas de relación entre hombres y mujeres; por allá hay más pistas para explicar este orden absurdo y aplastante de corte patriarcal que permanece, y que se asoma brutalmente en las noticias diarias.

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