…Y mi abuela desalmada

Por Paloma Fernández

Mi abuela llegó a Colombia en 1940. Sus padres habían huido de la guerra en el 38 y, tras un par de años incógnitos en Caracas, llegaron a este pueblo. Era una familia pequeña; unos ojos azules extraños; un silencio profundo e impermeable que ocultaba y ocultaría siempre el dolor y la crueldad de su pasado. Desde muy pequeña oí las historias de mi abuela. Aunque, claro está, en medio de mi incomprensión, construiría una imagen difusa y desarticulada de esa mujer que veía a diario. Algo escondía, algo callaba, algo que yo no sabía y jamás terminaría de entender.

Recuerdo una fotografía que mi abuela solía mostrarme. Estaban ella y su hermana sentadas en un sofá y no tendrían más de 6 o 7 años. Mi abuela niña sujetaba en la fotografía un osito de peluche, mientras mi abuela vieja, sentada a mi lado, repetía que ese había sido el único juguete de su infancia. Entonces yo miraba ese osito con ingenuidad. Miraba a una niña de mi misma edad sin saber muy bien que su único osito era quizá la imagen de la guerra, de la huida estrepitosa o del padrastro enfurecido.

Y cómo olvidar aquellas tardes en que cocinábamos juntas. Ese Apfel Strudel caliente con una gran bola de crema batida encima. Ella amasando y cortando rodajas muy muy finas de manzana, y yo viéndola mientras jugaba a imitarla con una masa de agua y harina, llena de la mugre de la mesa y de mis manos. Después, ella desplegaba la masa sobre un mantel de flores y allí repartía con cuidado las manzanas, el azúcar y esa maravillosa miga de pan tostada que, hoy por hoy, considero como uno de los secretos mejor guardados de la cocina. Al terminar me llamaba y me dejaba tomar una rodaja, la que yo quisiera, la que tenía más azúcar, más canela y más miga de pan. Entonces, yo era absolutamente feliz. El Strudel iba al horno y empezábamos a jugar cartas. Las dos, sentadas en la salita de la entrada y ella, por supuesto, siempre dejándome ganar. De pronto, llegaba el olor de la dulzura; ese aroma delicioso que desacredita el uso del reloj e indica que es hora de salir corriendo para ir a ver el horno. Así transcurrieron mis tardes en su casa, en la inocencia de un Apfel Strudel caliente que, lejos estaba yo de saber, encarnaba también el dolor y la nostalgia del exilio.

Mi abuela llegó a Colombia en 1940 y su familia se instaló en Itagüí. Pero qué poco sé yo de esos años de su infancia en un internado de monjas, antes de conocer a mi abuelo. Él, un santandereano furioso y levantado a pulso, se la llevó. Se casaron en el 52 y hoy, sesenta años después, no es extraño ver en mi abuela, afectada por el Alzheimer y una afasia producto de un ACV,  el gesto de la resignación y la impotencia ante sesenta años silenciosos con ese hombre indiferente.

Cómo es de ingenua la mirada de un niño, cómo se preocupan los adultos por escondernos sus problemas y tristezas. Mi mamá y mi abuela hablaban en inglés para que yo no las entendiera. Después yo intenté aprender alemán para hablar con ella en su propia lengua secreta. Pero jamás avancé lo suficiente y ahora me arrepiento porque sé que sus palabras, ni en español, ni en inglés, ni en alemán, podrán volver a ser las mismas.

Esa mujer, heredera de la religión prohibida, de la mentalidad europea que tanto chocaba con la moral pacata de las sociedades nuestras, se casó con un hombre, digno representante de su época. Mi abuelo, según me cuenta mi mamá, fue un proveedor ejemplar, un conservador estricto y tradicional, cuyo abuelo luchó en la Guerra de los Mil Días defendiendo el bando de los azules. En medio, mi abuela se las arreglaba para ser ella. Conducía un jeep blanco —alguna vez alguien lo robó, pero eso ahora no importa—, trabajaba haciendo traducciones, no iba a misa y tomaba a escondidas  pastillas anticonceptivas traídas de Alemania. Era increíble y no sé cómo soportó este encierro.

Mi abuela fue mi chofer y mi mejor cocinera. Y, más allá de las palabras que jamás logré decirle, de la odiosa indiferencia de mi adolescencia, de la gratuidad con la que, casi siempre, recibí sus gestos de cariño; más allá de las conversaciones que jamás tendremos, del pasado al que nunca quiso referirse, del dolor de su mirada ante el reconocimiento de una vida insatisfecha; más allá de todas esas cosas, ella ha sido uno de los grandes misterios de mi vida. Hoy, sujetando sus manos frágiles y arrugadas entre las mías, la miro y sonrío. Intento retener los restos de su presencia y hablarle desde los recuerdos que sólo las dos conocemos, perdidos en algún lugar de su mente marchita. Creo que nunca logré conocerla. Su silencio fue quizá más poderoso que sus pérdidas y frustraciones. Creo que ya nunca la conoceré como habría querido. Pero así es el pasado, a veces se olvida, a veces se esfuma y sólo algunas pocas veces se hace memoria.

 

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