De “Truman Show” a “Facebook”: los 15 minutos de fama

Por Lila Herazo | @LilaHerazo

Hace un tiempo pregunté en broma en mi estatus de Facebook si llegaría el día en que se podría imprimir nuestro Time Line como si fuera un curriculum vitae. Cuando lo escribí me pareció un comentario gracioso, sin mayor trascendencia, pero con el paso del tiempo —y con los avances de las nuevas tecnologías— es algo que cada vez me causa mayor interés.

Andy Warhol dijo que en el futuro todos tendríamos 15 minutos de fama, y por como nos relacionamos hoy con el mundo, nada podría ser más cierto. Con las nuevas tecnologías y las redes sociales, ahora cada individuo puede saltar de la esfera privada a la esfera pública con sólo un click.

Desde la aparición de la fotografía digital, la gente ha empezado a “reportar” sus vidas a través de Internet, cosa que se ha incrementado desde cuando los celulares vienen provistos de cámaras de video. Documentar y mostrar nuestra visión del mundo, de nosotros mismos y de nuestro entorno cercano, se ha convertido en algo tan natural como charlar con los amigos en un bar. Ya son muchos los casos en los que una persona del “común” filma un video, lo sube a YouTube y recibe millones de visitas convirtiéndolo así en lo que ahora se denomina un video viral (lo que suele catapultar al protagonista a una fama etérea y fugaz propia de la velocidad con la que se propaga y olvida todo en la red).

No deja de ser interesante el hecho de que hayamos naturalizado individual y colectivamente, la presentación y exposición permanente –total o parcial- de nuestras ideas, gustos, pensamientos, posicionamientos, perspectivas, sueños y demás en las redes sociales. Es como un Truman Show[1] voluntario en el que cada quién muestra su vida de una u otra forma; es un medio en el que por elección personal –elección que a veces está coaccionada por otros factores-, hacemos una puesta en escena de nuestras vidas y la arrojamos al ciberespacio esperanzados en que alguien nos ponga “me gusta”.

Me sigue resultando extraño que una generación entera esté creciendo ante los ojos curiosos del universo: los padres muestran a sus bebés desnudos –o vestidos, da igual-, dando sus primeros pasos, bailando en la cuna la canción de moda, comiendo su primera papilla, usando la bacinilla, jugando con el perro, bostezando, riendo, yendo al colegio o a una fiesta. Esos niños y niñas, a los que nadie les preguntó si querían o no ser “compartidos”, verán el día de mañana su vida totalmente expuesta en Internet. Lo que otrora fuera netamente parte de la esfera privada, ahora ya no lo es.

Las redes sociales están bien pensadas, intrínsecamente usan la psicología humana para sustentarse. La vanidad, el deseo de ser escuchado –y hasta comprendido y apoyado-, de hacer parte de algo, de (de)mostrar a los otros que somos exitosos, o inteligentes, o bonitos, o interesantes, o estudiosos, o profundos, o graciosos, es la base fundamental de lo que Facebook -tomando el ejemplo más fehaciente y popular-, utiliza para mantenerse.

No faltará el que diga que eso depende de la forma en que se usen las redes, pero por más que nunca hayamos publicado una foto personal, el sólo hecho de postear un texto, una noticia, una idea incluso de otro, ya nos posiciona en un lado del espectro político y/o social. Eso de ser neutral o aséptico en las redes sociales simplemente no existe.

Y aun cuando pertenecer y estar activo en las redes sociales parece una libre elección, realmente no sé qué tanto lo sea, una vez que se ha instaurado en el imaginario colectivo que quien no tiene un perfil en Facebook o Twitter se “autoexcluye” de la sociedad virtual. En resumen, mucha gente piensa que no sé es nadie, si no se hace parte de una “aldea digital”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, George Orwell -seudónimo de Eric Arthur Blair-, escribió 1984, una novela política de ciencia ficción distópica, que plantea un mundo controlado y vigilado por el Gran Hermano, quien es al mismo tiempo gobierno, juez, guardián y dios. La historia cuenta el diario acontecer en una sociedad reprimida y vigilada, en donde todo está sometido a la evaluación de ese “ojo” que todo lo sabe y todo lo ve y en donde es imposible escapar a su control. Muchos son los rumores de que nuestros perfiles están siendo observados por gobiernos de grandes potencias que esperan frenar así cualquier conato de emancipación ideológica; también se dice que grandes multinacionales revisan nuestras preferencias para crear nuestra vida de consumo exactamente a la medida de nuestras personalidades. Seguramente es muy importante saber quién nos observa, pero quizás sea bueno también preguntarse cómo y por qué nos estamos exhibiendo.

“Buenos días y por si no nos volvemos a ver, buenos días, buenas tardes y buenas noches”.


[1] Truman Show (1998) es una película dirigida por Peter Weir y protagonizada por Jim Carrey y Ed Harris, en donde el personaje principal vive en una realidad inventada y su vida hace parte de una gran puesta en escena. Desde antes de nacer y a lo largo de su desarrollo como individuo todo ha sido filmado y presentado ante el “publico” sin que Truman (Carrey) lo sepa.

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Una respuesta a “De “Truman Show” a “Facebook”: los 15 minutos de fama

  1. Comulgo con tu pensamiento. Actualmente la información es el bien más preciado y comerciado e internet es la herramienta más eficáz para conseguirla. Nos encontramos ante un cambio de paradigma: para qué invertir tantos recursos humanos y tecnológicos en la obtención de la misma, cuando se puede apelar a la vanidad humana para tal fin y de manera voluntaria bajo el disfraz de una herramienta “gratuita” y “productiva”? Las redes sociales no son más que la manifestación de las propias inseguridades humanas y el deseo de autosatisfacción de las necesidades secundarias de logro, poder y afiliación. En la vida todo es cuestión de compensación y las redes sociales no son más que el reflejo de las vidas vacías de aquellos que no logran llenar los vacíos afectivos de manera asertiva y transfieren su locus de control a elementos externos -como otros individuos- con la falsa esperanza de sentirse “llenos”.

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