El compromiso integrador: antropología y comunicación

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Por Paola Rubio Ferrer | @PRubioFerrer

“Anthropologists have an enormous amount of knowledge about human lives. And most of them know something profound about what it is that makes people different and what makes us all similar. Yet there seems to be a profesional reluctance to share this knowledge with a wider readership. Translating from other cultures is what we are paid to do; translating for the benefit of readers outside the in-­‐group seems much less urgent. (…) The problem is that all these analytic texts, often brimming with insights and novel angles, rarely build bridges connecting them with the concerns of non-­specialists. Also, they are far too rarely supplemented by writings aimed at engaging a wider readership.”

-­ Thomas Hylland Eriksen, Engaging Anthropology: The Case for a Public Presence

La palabra compromiso describe una obligación que se ha contraído, el cumplimiento de una promesa dada o la conciencia de nuestra responsabilidad ­‐como agentes y actores, dentro de una comunidad-­ que impulsa nuestro actuar hacia una incidencia social “positiva”. El compromiso no es simplemente un tema para los científicos sociales: es un descriptor implícito en el ethos de nuestro quehacer o, incluso, el detonante de una vocación vital que luego termina por institucionalizarse (a través del canal de la profesionalización, sea dentro de la academia o en la praxis externa). Aunque todas las ciencias humanas estén configuradas (supuestamente) desde ese compromiso con el entorno social, la historia de la disciplina antropológica se ha visto especialmente atravesada y sacudida por dicha noción. En algunos momentos, ese compromiso ha adquirido fogosos tintes militantes; en otros, ha derivado en una respuesta repulsiva ante tal militancia, generando un paradójico aislamiento ­‐con respecto a otras ciencias sociales­‐ o un desapego frente a la acción social. Pero, en contraste con el caso de otras disciplinas, la idea del compromiso parece haber tenido una incidencia bastante significativa en el discurso endémico de la antropología. ¿A qué se debe tal particularidad?

Quizás la base experiencial y la naturaleza participativa de la disciplina sean características que han significado un espacio/una práctica que permite canalizar un profundo llamado al activismo social. Quizás la estrecha relación que sostiene con la esfera política, en ocasiones, polariza las posturas dentro del ámbito antropológico, generando la “estatización” de la producción cultural del oficio y su modo de proceder. Quizás el oxímoron que la define ­‐su origen colonizador y propósito decolonizador­‐ preserva una continua postura ambivalente frente a conceptos como el del compromiso mismo o termina por generar una forma de apropiación binaria, por parte de los antropólogos. Lo cierto es que las ideologías del compromiso han sido un eje conductor, un enlace asociativo, un elemento disociador, un componente revolucionario, una idea reformista y en, últimas, un factor conceptual polémico (y polemizante) dentro del saber y la práctica antropológica.

Ahora, ¿por qué no pensar el compromiso antropológico –y el de las ciencias humanas, en general-­ desde un ángulo menos radical y ardiente? ¿Por qué no desideologizar el compromiso y buscar maneras menos beligerantes y más constructivas/creativas de deflexionar “el poder”? ¿Por qué no imaginar y manifestar ese compromiso desde y a través de la comunicación? ¿Por qué no apostarle a la figura del antropólogo como intelectual público y a la idea de la agencia cultural mediática?

Si bien es cierto que en Colombia existen muchos antropólogos trabajando en la esfera pública (sobre todo con y para el gobierno), el objetivo y la utilidad de la antropología aún no tiene una presencia pública generalizada (algunos medios alternativos y revistas culturales han empezado a darle visibilidad al saber antropológico). La práctica del antropólogo como ciudadano también implica crear comunidades de significación y sentido con el resto de ciudadanos, no sólo con la academia, sus sujetos de estudio y/o el Estado. Quizás el acercamiento desde la comunicación le permita a la antropología una presencia mas popular y generalizada, una que educa para prevenir y no sólo para intervenir en los “problemas” nacionales de orden étnico, social o cultural.

Las hegemonías no sólo se desafían con respuestas militantes; también se pueden crear contra-­narrativas constructivas y desencialistas (el periodismo, por ejemplo, tiende a museificar la cultura, cristalizando identidades y nociones que realmente tienen una existencia mucho más fluida) que sirvan como puente entre la disciplina y el mundo, que comuniquen una mirada más compleja de la realidad cultural de un país diverso como el nuestro. Ni la lucha legislativa ni la posición de denuncia son los únicos caminos (ni los más efectivos) para una participación activa y relevante en un proyecto de construcción de nación. El compromiso social del sueño integrador, antes que nada, requiere lenguajes y canales integradores entre los “especialistas” y el entorno social cotidiano.

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