La iglesia y la homosexualidad

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Por Juan David Torres Duarte | @acayaqui

Lo que discutiré ahora es la posición de la iglesia católica sobre los homosexuales. ¿Tendría que advertir mi orientación sexual? Creo que este ejercicio mental podría realizarlo quien lo desee; la orientación sexual carece de importancia en ese sentido. Argumentaré mientras repaso una noticia que publicó El Tiempo en 2011 o 2012, cuando monseñor Juan Vicente Córdoba, entonces secretario de la Conferencia Episcopal, se pronunció sobre el debate de la Corte Constitucional acerca del matrimonio homosexual.

La primera idea, si así puede llamársela, es que —dijo monseñor Córdoba— permitir que las parejas homosexuales se unan en matrimonio aumentaría el número de homosexuales. Monseñor: permitir que las parejas heterosexuales se casaran no incrementó el matrimonio heterosexual. No hay 30 heterosexuales más por cada matrimonio heterosexual. La homosexualidad no se riega como pólvora, señor obispo.

El matrimonio homosexual tampoco crearía un “ambiente proclive a la homosexualidad”, como dice a continuación. ¿Podría describirme un “ambiente homosexual”, monseñor? ¿Qué detalles le agregaría: rosas, candelabros? ¿A qué huele? ¿Qué se siente? ¿Es más o menos amoroso que un ambiente heterosexual? ¿Es menos rancio que el confesionario de una iglesia? De seguro no podrá responder una sola de esas preguntas porque no tiene idea de lo que dice. O sí. Quizá dirá que un “ambiente homosexual” es aquel que se desarrolla por fuera de la concepción de Dios Padre Todopoderoso: una familia conformada por hombre y mujer con el mero objetivo de concebir. Ah, entonces hagamos caso. ¿Le parece?

Como usted sabe, lector, los homosexuales demandaban su derecho fundamental a casarse. Era una cuestión de derecho, en la que yo no me voy a inmiscuir. Ellos querían, simple y llanamente, casarse como la haría cualquier pareja, sea de hombre y mujer o mujer y mujer. Una pareja es una pareja, y punto. El amor es el amor, y punto.

Entonces monseñor Córdoba anotó que la demanda de los homosexuales era “injusta”. Injusta. No habría que comparar aquí las injusticias que ha cometido la iglesia católica, o todas las ocasiones en que ha guardado silencio frente a reales injusticias, como el nazismo y el fascismo. Hay que analizar la sentencia en sí misma.

Dice monseñor Córdoba que los homosexuales pidan casarse es “injusto”. Quizá no fueron esas palabras, pero se acercan bastante. ¿Por qué es injusta? Uno supondría que monseñor Córdoba se basa en sus creencias. Por algo será monseñor y fue secretario de la Conferencia Episcopal. Entonces que hable la iglesia. La razón es sencilla: la demanda es “injusta” porque no se ajusta a los preceptos católicos, porque la demanda hace parte de aquellos asuntos que se desarrollan por fuera de la concepción de Dios Padre Todopoderoso: una familia conformada por hombre y mujer con el mero objetivo de concebir.

Ah, entonces hagamos caso, monseñor. ¿Le parece?

Pero, monseñor, una petición es injusta sólo cuando otro individuo es afectado. La injusticia es un desequilibrio. Como cuando su institución patrocinó la matanza de miles de incas por parte de los Pizarro, con una hoguera acechándolos alrededor. Sus peticiones, de seguro, también eran “injustas”. Se produjo un desequilibrio de fuerzas y de oportunidades. Usted podrá decir que todo en el mundo tiene desequilibrios: la economía, la cultura, las relaciones sociales. Es cierto, el desequilibrio y la subordinación son parte de la vida social. La diferencia es que un ejército de avanzada tecnología no puede atacar a otro que lucha con pala y martillo. No tuvieron las mismas condiciones y, por lo tanto, fue injusto, desequilibrado.

¿A quién están afectando los homosexuales con su petición? Me temo, monseñor, que sólo a su comunidad. Tal vez al pueblo hipócrita y embelesado, que se dice muy de avanzada pero es muy de retrasada. Que se dice multicultural pero tiene una cultura chiquita y vacía. Que dice —la perogrullada eterna— que respeta pero no comparte las afinidades sexuales de sus vecinos. La petición de los homosexuales, monseñor, no es injusta. Es de hecho por completo necesaria en una sociedad que intenta ser más incluyente —otra perogrullada de nuestro siglo— y por lo menos abre el debate. Usted tiene demasiadas certezas sobre lo que trata la vida, el amor y el sexo, sin haber experimentado la vida, el amor y el sexo. Está reflexionando “fuera del recipiente”, como dirían Les Luthiers.

Una de sus certezas es la siguiente, que apoya el carácter “injusto” de la solicitud de los homosexuales. Dijo usted que el matrimonio es una institución —así como hablar de un banco o la conformación de una junta de acción comunal— que está pensada para concebir. Dicho de otro modo: que uno se casa sólo para tener hijos. ¿Tendría que discutir semejante estolidez? No creo.

Lo que sigue en la argumentación del monseñor Córdoba —llamémosla así, por amor al prójimo— es esta oración, que reproduzco tan fiel como puedo: “Fabricar moneda falsa es devaluar la verdadera y poner en peligro todo el sistema económico. De igual manera, equiparar los homosexuales con la familia es introducir un peligroso factor de disolución de esa institución y, con ella, del justo orden social”.

“Fabricar moneda falsa”, dice el monseñor. De modo que el matrimonio homosexual “devalúa” —si seguimos con el símil económico, acertadísimo— el matrimonio heterosexual. Monseñor, monseñor, monseñor. ¿Usted en qué mundo vive? ¿Cómo se le ocurre comparar la moneda con el amor de familia? ¿Cómo se le ocurre decir que un hombre que ame a otro hombre vaya a bajarle el precio accionario a la relación heterosexual del vecino? Ya sé la respuesta: es usted católico, ustedes tienen un sentido maravilloso de la invención. Ajustan lo que sea donde sea.

Ahora, monseñor, en caso de que se disuelva la familia —la familia que usted plantea es una opción ideal, pero, bien lo sabe, utópica y muy problemática en sí misma—, ¿qué diablos interesa? La “especie” humana —a ratos se pone usted muy científico— siempre ha encontrado otras formas de conformar la familia. El suyo, monseñor, es apenas uno de los modos de conformarla. Sus certezas lo limitan demasiado.

Entonces, para rematar su argumentación (¿tiene argumentos?), monseñor Córdoba dijo que los homosexuales —lo han comprobado “científicamente”— “se hacen, no nacen”. Pregunto de nuevo: ¿tengo que discutir semejante estolidez? La iglesia acude al argumento científico, claro, cuando le sirve. Para referirse a los tratamientos con células madre, esos sí científicos, sólo puede utilizar un adjetivo: “aberrante”.

Luego monseñor Córdoba afirmó que si los homosexuales son tolerados, pero no reconocidos, podría reducirse su número. Monseñor, ¿de qué estamos hablando? ¿Del mosquito que produce la malaria? Hablamos de seres humanos. Monseñor cree, en el fondo, que si se los respeta sólo de manera aparente, el número de homosexuales reducirá. ¿Tolerar, pero no reconocer? Es como tomar trago sin tomar trago, monseñor.

Por último (ahora sí se acaba la perorata), monseñor apuntó con ímpetu que le parecía un “falta de respeto a la especie humana” el hecho de que las parejas homosexuales acudan a métodos artificiales para concebir.

Falta de respeto.

Dios lo acompaña, monseñor. La razón lo abandonó hace rato. ♠

 

 

CRÉDITOS DE LA IMAGEN:
* Imágen (1 -izquierda) tomada de http://www.caricaturaxtian.com
* Imagen (2 – derecha) tomada de http://www.elindependiente.ca

 

 

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Una respuesta a “La iglesia y la homosexualidad

  1. estoy de acuerdo en “El amor es el amor, y punto.”, en que las cosas son como son, si eres varón actúa como varón, si eres fémina actúa como fémina, cualquier otra cosa esta fuera de lo que es… no vayan encontra de lo que son, por culpa de sus caprichos, o enfermedades, es decir descompensaciones en su sistema, aceptate y lucha por comportarte como lo que eres

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