Pensar en los “otros” desde afuera

“Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.”

Mario Benedetti – “El otro yo”

Por María Corcione

 

Salí del país hace unos años, sin huir de nada ni nadie, sin ser perseguida ni amenazada. Salí y desde ese “afuera” que me acogió con especial cariño, empecé a preguntarme por ese “otro” que había quedado en la patria.

Desde una postura personal, el otro comenzó a tornarse en aquel que se encontraba marginado, perseguido, desaparecido y acallado dentro de un régimen democrático, cada vez más excluyente y opresor.  El otro, que se había convertido en una fuerza minoritaria,  ya fuera por los constantes ataques en su contra o por el poco impulso de nuevas fuerzas que lo fortificaran, empezó a desvanecerse entre tanta arenga victoriosa de una unidad nacional. Todos somos uno, pero los diferentes, los que se oponen, los que piensan que no está bien, no son nosotros. Y a esos que no son como nosotros, a los otros, hay que acabarlos.

Desde la lejanía empecé a pensar si me convertiría en una observadora distante de la catástrofe. Estaba fuera porque quería, no había imposición alguna para estarlo.  Pensar en el otro desde la distancia física lo hacía fácil. Me había convertido en una observadora neutral. Esa observación neutral de la que se hablaba siempre en clase de antropología clásica y que convertía al otro en un ser exótico y bello de explorar. Había adquirido un nuevo significado: el otro oprimido. Este otro ya no estaba en los libros, ni era objeto de fascinación en aquellas fotos en blanco y negro que repasaba con fascinación; tenía una historia que contar, tenía un rostro, miles de familias y una lucha personal o comunitaria.  El otro marginado se convirtió en cercano, adquirió significado para mí. Desde lo lejano había comprendido por fin esa relación entre el yo y el otro. El otro oprimido terminaría siendo un reflejo del yo.

Ahora que he vuelto porque he querido, sigo reflexionando sobre el otro oprimido; los otros exóticos ya no quedan en un país como este. La distancia sigue marcando mi observación sin neutralidad alguna. Pensar en el otro desde afuera, aunque me encuentre muy cerca en el espacio físico,  me convierte en una más de ellos. La unidad sigue viendo al diferente como el enemigo, el antipatriota que no lucha dentro de esa homogeneidad de unidad. Muchos reflexionan desde la lejanía acerca del otro; otros luchan desde la distancia con el otro, y otros lo hacen por el otro. La dualidad que se genera al hablar del otro como un ente ajeno a nosotros, confronta la idea de estar todos en igualdad de condiciones, reafirma la connotación de separación y diferencia, y termina por crear ese abismo social en el que estamos inmersos dejando a un lado a los otros que no son como nosotros. Pensar en el otro, desde la distancia, me llevo a verme reflejada en el otro, el otro soy yo misma: soy la otra yo. ♠

@susyluck

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